«Me fastidia no poder ver el partido, porque va a ser algo histórico», comenta Javier Argüelles, guardia de seguridad de la residencia universitaria San Gregorio, en Oviedo. Sin embargo, a su tocayo y colega de recepción, Javier Assimon, le da exactamente igual: «Me gusta el fútbol, pero me da lo mismo verlo, es más todo el bombo y platillo que se le da». De primeras dice que no le importa, pero luego se confiesa: «No puedo colgar el cartel de cerrado, no obstante, haré escapadas a la televisión». Eso sí, «si pierden, no me van a quitar el sueño, tengo más disgusto con Alonso», afirma. Teniendo en cuenta que pudo haber cambiado el día de trabajo, mucho gusanillo por la Roja no tiene. Sin embargo, Argüelles no tuvo opción: «Tenía que trabajar, no pude cambiarlo, además, no podré ni echar un ojo, porque tengo que andar por fuera», explica el vigilante.
Los que tuvieron que currar de lo lindo fueron los repartidores de comida a domicilio. Guillermo Fernández recorre a toda mecha el asfalto de Oviedo en su ciclomotor rojo para llegar a tiempo a entregar los pedidos. El «rally de la pizza» le impidió ayer poder disfrutar de la final, pero esto no fue penitencia ninguna para el joven, ya que no le gusta el «deporte rey». Guillermo se sincera: «No me importa tener que trabajar, no me gusta el fútbol». Eso sí, cuenta que los días que juega la Roja el teléfono echa chispas. «La gente llama sobre todo antes del partido para poder comer la pizza en la primera parte», asegura Guillermo.
Otros currantes que tuvieron que afanarse duramente fueron los policías locales. En Oviedo, como iban viendo que la cosa se iba a poner más roja que nunca, añadieron 30 o 40 policías de refuerzo a los pobres que les tocó trabajar este fin de semana de Mundial. Porra y esposas encima se tiraron a la calle desde las siete de la tarde a vigilar que los españolitos no la armasen muy gorda. «Estaremos hasta que se acabe la juerga», confirma el suboficial Óscar Marcos.
La misión especial de ayer fue controlar todo, «que la gente pueda disfrutar y no se convierta en un nido de vándalos». Los afortunados que pudieron ver el encuentro disfrutaron con la familia o los colegas, pero los polis tuvieron que patrullar, por lo que el partido el siglo en España, como mucho, lo vieron de refilón. El intendente Marcos estaba tristón: «Me da pena perdérmelo, pero lo asumo como una obligación». El oficial acata las órdenes, y es que está ya curtido en estas batallas: «También me pasa en Carnaval y otras fiestas, es lo que hay», afirma.
Queda en evidencia que no todos pudieron ver la final España-Holanda. En el otro lado de la farra futbolera estuvieron muchos profesionales que tiraron del carro de España. Unos con más ganas y otros con menos, pero todos tuvieron que ir a currar, aunque a buen seguro que su corazón estuvo jugando con la selección española.
«No puedo colgar el cartel de cerrado, pero haré escapadas a la televisión», afirma el recepcionista Javier Assimon
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